Libro BUDA Deepak Chopra (Capitulo X)


Capítulo 10 
No se conoció la desaparición de Sujata hasta varios días después. El primer día, una criada corrió a contarle a Kumbira que la bandeja de comida que habían dejado a la puerta de la muchacha estaba intacta. Ella siempre hace mohínes con la comida. Espera a que tenga hambre. Que Sujata se quedara en su habitación no había servido para ocultarle sus penas a Kumbira, que sabía muy bien que estaba enferma de amor. Pero cuando pasaron dos días sin que probara la comida, Kumbira llamó a la puerta y entró. Lo que vio la hizo reaccionar por fin. Corre. Ahora. Kumbira empujó por la puerta a la criada que la había seguido, con la esperanza de que las cortinas cerradas ocultaran el espectáculo de la sangre sobre la cama revuelta. Pero la chica, asustada, sin duda vio algo, y eso le dejó muy poco tiempo a Kumbira para evitar que los rumores del palacio se esparcieran como un reguero de pólvora. Fue de inmediato ante el rey y le contó todo lo que había sucedido entre Sujata y el príncipe. 
Dado que la mujer no le había hablado a nadie de la sangre, para proteger al joven príncipe, Suddhodana se tomó las noticias con más tranquilidad de la que ella esperaba. Y si el rey estaba preocupado por el destino de Sujata, ciertamente no se notaba. Le daba demasiada vergüenza quedarse. 

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Libro BUDA Deepak Chopra (Capitulo IX)


Capítulo 9 

El cielo se debatía entre sol y nubes mientras los luchadores describían círculos uno alrededor del otro. 

Se habían desvestido hasta quedar en pantalones de algodón, con el pecho desnudo y los pies descalzos. 

Nadie intervino para detenerlos; parecía inevitable que se enfrentaran. Siddhartha tenía los ojos fijos en los de Devadatta porque, por muy tentador que fuese mirar las manos de su oponente, sabía que la mirada de Devadatta desvelaría sus intenciones. El príncipe sentía que se movía en un sueño. 

Una parte de su mente flotaba en lo alto, mirando hacia abajo, maravillada de que fuera a librarse una batalla a muerte. 

Pero Siddhartha tenía fuertes instintos de supervivencia. 

Se sacudió y abrió la pelea con una embestida, la mano de la espada delante de la de la daga para que, al rechazar el primer filo, Devadatta quedara expuesto al segundo. Devadatta era ágil y estaba preparado: saltó a un lado al grito de «¡Ja!», y atinó a embestir con su propia espada. 

Siddhartha se desplazó con enorme rapidez y se zafó. Devadatta empezó una ronda incansable de defensiva y ofensiva, obligando a Siddhartha a resistir golpe tras golpe con la espada. Cada vez que el metal resonaba contra el metal, le sacudía el brazo una seca onda expansiva. A Siddhartha le dolían los músculos, y sabía que Devadatta le llevaba ventaja. Éste era el primer combate del día para su primo, mientras que él había estado peleando durante horas. 

Tenía que ganar cuanto antes o se le acabarían las energías. Sabiendo que Devadatta también le seguía los ojos, hizo una finta, mirando a la derecha y dando medio paso en esa dirección. Cuando lo siguió la daga de Devadatta, el movimiento dejó su cuerpo al descubierto y Siddhartha apuntó la espada al diafragma, que había quedado expuesto. 

Tuvo una suerte increíble. Si la estocada hubiera dado en el blanco, habría sido fatal. Pero un momento antes de que la hoja penetrara el cuerpo de Devadatta, Siddhartha oyó el latido de su propio corazón en los oídos, separado por largas pausas. Sintió que la brisa le movía el vello del antebrazo con suavidad, con delicadeza, de un lado a otro, y cada movimiento era como una puerta que se cerraba, que llevaba a la negrura, antes de volver a abrirse para que reapareciera el mundo. 

Se sintió muy distinto: tranquilo, libre de ira. 

Por el rabillo del ojo podía ver que el humor del rey había cambiado. Suddhodana recobraba la razón y, mientras lo hacía, la pérdida de su único hijo se volvía insoportable. 

Suddhodana estaba a punto de detener la pelea. 

Todavía tenía que darse cuenta de que Siddhartha estaba a punto de ganar. Lo último que vio Siddhartha fue su espada que se acercaba cada vez más a su blanco perfecto. 

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Libro BUDA Deepak Chopra (Capitulo VII)


Capítulo 7 

Esto quizás te quede bien. Un segundo. ¿Quizás? 

Muchas gracias.

El chico del espejo sonrió con la broma. 

Por lo menos Kumbira todavía lo creía un niño, ya que nadie más lo hacía. Viniendo de mí, es mucho decir respondió ella. Kumbira miraba a Siddhartha con ojos evaluadores. 

Su vestimenta ceremonial le quedaba a la perfección. 

Él estaba de pie frente a su reflejo, rodeado por un incesante revoloteo de jóvenes damas de compañía. 

Esa mañana, el día que cumplía dieciocho años, sería reconocido como heredero del viejo Suddhodana. 

Había empezado el ritual de la vestidura con el torso desnudo y los pies descalzos, antes de que se apilaran sobre su cuerpo todas las capas de ropas, aceites y perfumes propios de la ocasión. Kumbira imaginó que, de atreverse, todas las mujeres lo habrían mirado con ojos lujuriosos. «¿Y por qué no?», se preguntó. 

Seguramente habría príncipes más altos y más ricos en el mundo, pero no en su mundo. 

Aun así, Kumbira podía ver aún el niño que había en Siddhartha. Seguía teniendo una gran dosis de inocencia, y Kumbira apreciaba eso en el muchacho, aunque se guardaba de señalárselo a otros. 

Lo que su padre quería alentar en él era lo opuesto a la inocencia. Déjame hacerte una pregunta, Kumbira. 

¿Cuán feliz debería estar? Si alguien lo sabe, ésa eres tú. 

¡No digas tonterías! Kumbira entornó los ojos y le olfateó

. ¿Qué es ese olor? El chico no huele bien. ¡Más sándalo! Inmediatamente, una de las jóvenes asistentes salió a la carrera hacia el depósito real de ungüentos y especias. 

No importa cómo huela, Kumbira. No soy el postre. 

No estés tan seguro. Las chicas ahogaron una risita, y Kumbira vio que la sonrisa breve de Siddhartha se desvanecía en el momento en que se miraba al espejo. 

No parecía sentir la felicidad que auguraban las vísperas de aquel gran día, al fin llegado. 

Kumbira lo había sorprendido con la guardia baja en momentos en que la tristeza le ensombrecía los ojos y le hacía torcer un poco la boca, en una extraña mueca. 

Casi le partía el alma verlo tan retraído. Se acercó desde atrás y le rodeó el pecho con una suntuosa faja de seda. 

¿Qué te ocurre? Díselo al oído a Kumbira. Yo enviaré tus problemas a los dioses, y ellos no se atreverán a mandarlos de vuelta. Siddhartha negó con la cabeza. 

Kumbira soltó un suspiro. ¿Te has propuesto arruinarlo todo? El resto del palacio y toda la gente ha estado esperando este momento durante mucho tiempo. 

Siddhartha no respondió. Más tonterías. Jovencito, ¡eso es lo que son! ¡Tonterías! Kumbira hizo un chasquido con los dedos para llamar la atención de la chica que estaba sentada junto al tocador, jovencita cuya excitación había cesado con el humor del príncipe. Agua de rosas para endulzar el ánimo. 

La chica cogió el frasco correspondiente y se apresuró a ungir el cabello negro, largo y suelto de Siddhartha, que se rizaba debajo de la nuca. Kumbira sujetó un mechón suelto. 

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Libro BUDA Deepak Chopra (Capitulo VI)


Capítulo 6 

Devadatta tardó la mayor parte de la noche en descubrir la forma de escapar de la cueva. Aunque todavía había un atisbo de luz en el cielo, engañó a la desesperación recorriendo las grietas en busca de ramas y astillas para encender el fuego y restos de vegetación para roerlos. No podía encender una fogata con las manos vacías. 

Por último, abandonó esa actividad poco fructífera y se dedicó a odiar a Mara. Fantaseó con la venganza que se tomaría si lograba sobrevivir. La noche era tan espesa que perdió toda noción del tiempo. No había nada que hacer, salvo acurrucarse, tembloroso y desafiante, en el suelo de piedra de la cueva, y esperar así la muerte. 

Aún tardó un poco más en darse por vencido del todo. 

Sólo cuando creyó que no había salida posible su mente dejó de enredarse en el pánico, y entonces Devadatta pensó en algo simple: ¿podían los demonios transportar físicamente a una persona a cualquier parte? ¿Y si la cueva no era sino una ilusión? 

En cuanto hubo considerado esa posibilidad, sucedieron dos cosas. Oyó, como si fuera un eco apenas perceptible, que Mara se reía de él, y se quedó profundamente dormido. 

Cuando despertó, estaba tendido en el suelo, cerca de la glorieta, en el mismo lugar donde se le había aparecido el demonio. Se sentó y se frotó las extremidades tiesas, doloridas. El sol se estaba poniendo, así que debía de haber permanecido inconsciente allí durante horas. Se subió a la barandilla que rodeaba la glorieta. En el agua del estanque de los lotos se reflejaban las llamas de las antorchas. 

A lo lejos, se oían risas etílicas: el jolgorio del rey se prolongaba hasta entrada la noche. Devadatta se dirigió hacia el lugar del que venía el sonido. Por alguna misteriosa razón, su aventura en la cueva no lo había agotado. Al contrario: se sentía más fuerte. Ansiaba más que nunca hacer exactamente lo que se había propuesto esa mañana: arrinconar a una doncella y atormentar a Siddhartha. 

Ambos deseos le habían vuelto a la cabeza y lo excitaron hasta tal punto que se echó a correr. A Devadatta no le importaba si encontraba primero a una chica o a Siddhartha. 

Ninguno se olvidaría del encuentro. ¿Por qué pueden los demonios vagar por la mente de esa manera, aprovechándose de los inocentes? Lo que convertía a Devadatta en presa fácil de los terrores de la cueva era algo casi insignificante: el muchacho era claustrofóbico. 

De niño, casi se había asfixiado en sus ropas pesadas y llenas de pliegues cuando una nodriza poco cuidadosa lo dejó envuelto al sol. Mara conocía esa debilidad, y lo único que tuvo que hacer fue envolver al chico con su capa. 

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