JUAN, EL HIJO DEL TRUENO

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Había crecido en el mar; sus sueños de niño fueron arrullados por la música de las aguas tranquilas, y su mirada soñadora de adolescente se había perdido muchas veces en la lejanía. Su alma era bronca como las tempestades y era violento como los vientos recios y como los relámpagos que acuchillaban la noche cuando él, atlético y vigoroso, luchaba entre las sombras contra las olas enfurecidas.

Llevaba la grandeza del mar en la mirada, y sus ambiciones y sus sueños tenían la infinitud del mar. Era pescador, rudo pescador de Galilea, hecho para jornadas fatigantes, con las carnes endurecidas por la brisa marina, por el sol de mediodía y por la lucha cotidiana de disputarle el pan al mar.

Era un temperamento enérgico, apasionado, listo a tomar de terminaciones violentas y decisivas. Su sentido de la justicia era rígido e inaplazable; su sentido religioso era austero y calcado en los viejos moldes de Israel. Cuando escuchó el acento tempestuoso de Juan el Bautista que estremecía al desierto y sacudía a las ciudades, el alma apasionada del pescador de Galilea se sintió estremecida y cautivada por el profeta del desierto. Era un viento profético el que soplaba en Israel, y la juventud del pescador de Galilea amaba la reciedumbre de los vientos.

El joven pescador de Galilea se hizo discípulo del profeta del desierto: Juan el bautista, el de la voz de tempestades cuadraba bien a su alma bronca como las tempestades del mar.

Pero un día… Una figura recia se destacó sobre el camino. Su andar era digno, como el de los reyes auténticos; su ademán tenía la autoridad de los viejos profetas de Israel; en su mirada había claridad de sol y la serenidad majestuosa de los lagos tranquilos y de los cielos luminosos estaba en sus pupilas. Se volvió para ver a Jacobo y a Juan su hermano que en el navío aderezaban las redes; y la voz persuasiva del Señor de la dulzura en la mirada llegó con urgencia de llamamiento hasta el corazón mismo de los dos pescadores hijos de Zebedeo; y no tuvieron ni un solo momento de vacilación al dejar el barco y abandonar las redes para echarse por el camino en pos de Jesús.

La juventud de Juan y la juventud de Jesús se hermanaron, y principió así una aventura gloriosa en la vida del rudo, apasionado y violento pescador de Galilea.

Ni Juan ni los otros discípulos entendieron durante mucho tiempo las actitudes y la mente de Cristo; la transformación de sus vidas fue un proceso de largo aprendizaje por parte de ellos, y de infinita paciencia y de gran de amor por parte de Cristo. El milagro más grande de Cristo, aquel que se repite todos los días, es la transformación de un hombre. Los doce hombres que formaron la compañía de Cristo, estaban muy lejos de ser santos; eran material tosco y bruto; eran arcilla difícil de modelar.

Pero la mano paciente y diestra del Señor, a toques de luz y a toques de amor, fue imprimiendo caracteres divinos al pobre barro humano.

Juan tuvo quo librar muchas tempestades en su propia alma antes de aquietar el mar de su vida; antes de llegar a ser el apóstol del amor, delicado y tierno, dulce y paciente, lleno de la mansedumbre de su Señor y Maestro, tuvo que hacer frente a la violencia tempestuosa de sus pasiones.

Fue Juan quien pidió permiso a Jesús para hacer descender fuego del cielo sobre una aldea de samaritanos que se negó a recibirlos; fue Juan quien prohibió con autoridad muy suya a un hombre el seguir realizando milagros, por la única razón de que no pertenecía al círculo especialmente llamado por el Maestro.

Fueron Juan y su hermano Santiago los dos discípulos a quienes Jesús mismo apellidó “los hijos del trueno”.

Juan tenía sueños imperialistas, sueños de dominio y de mando; sus ambiciones eran desmesuradas y sus pretensiones iban demasiado lejos. Con su hermano Santiago y su madre Salomé planeó “una dramática petición” a Jesús; quería para él y su hermano los primeros lugares en el Reino, a la derecha y a la izquierda de Jesús.

Jesús trató con “severa bondad y con amor intrépido al discípulo cuyo temperamento era tan ardiente y tan violento”.

La amistad de Juan y de Jesús fue una amistad profunda; Jesús se le fue metiendo a Juan en el corazón hasta el grado de que toda la vida de Juan acabó por ser conquistada por la potencia redentora de Jesús.

A Juan le fue dado el privilegio de disfrutar de experiencias maravillosas al lado de Jesús. Juan estuvo en el Monte de la transfiguración; la mirada perdida en la visión esplendorosa y el alma extática y en silencio. Juan no se atrevió a romper el encanto de aquella hora con la palabra como lo hizo Pedro; la experiencia que estaba viviendo la estaba viviendo tan adentro, que le parecía una profanación turbarla con palabras.

Juan estuvo aquella noche trágica en el huerto del Getsemaní; la atmósfera de tragedia era tan densa y su experiencia de discípulos de Cristo era todavía tan pobre, que él con los otros dos, fueron incapaces de permanecer despiertos para rodear de simpatía humana al Señor y Maestro quo estaba viviendo una de las crisis más intensas de su vida.

Juan huyó aquella noche como huyeron todos; el pánico también se apoderó de su alma, de su alma hecha para el peligro y para las tempestades.

Antes, había estado con la cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús, en la hora íntima cuando el Señor y Maestro toma forma de siervo y les lava los pies. Aquella figura grandiosa inclinada sobre el suelo, debió ser algo que se les metió muy hondo en la vida y que imprimió marcas decisivas en su carácter de discípulos.

Juan no pudo olvidar jamás la serenidad de la mirada de Jesús; la paciencia infinita con que trató a los hombres; la compasión que estremecía su alma; el espíritu heroico que había en su juventud; el espíritu grane de servicio y de amor con que se fue por los caminos aliviando el dolor de multitudes; la indignación vibrante con que trastornó las mesas de los cambistas y echó fuera a los mercaderes del templo; la dignidad regia con que Jesús se comportó siempre; la pasión por las almas que lo conmovió siempre; la búsqueda intensamente apasionada de los perdidos; la simpatía humana que demostró para los hombres; su espíritu sacrificial y redentor.

El miedo de Juan aquella noche del Getsemaní fue vencido por el amor. Juan amaba a Jesús, y se arriesgó al fin por Jesús; se identificó con él. Fue el único que estuvo al pie de la cruz; al pie de la cruz floreció el milagro de su alma transformada. Juan contempló todo el drama angustiado del Calvario; los clavos se les metieron al corazón; la lanza que se hundió en el costado de Cristo traspasó su sensibilidad de místico; el “Consumado es” de Cristo, repercutió como una realidad en las honduras de su vida transformada.

Una de las postreras miradas de Jesús fue para Juan; una de las últimas palabras también Juan recibió el encargo de cuidar de María, un encargo lleno do confianza y de amor.

Juan, dice Harold Hough, “habla muy poco; pero observa paso a paso las obras maravillosas de Jesús; escucha con el aliento contenido las palabras incomparables de su Maestro y va meditándolas y haciéndolas suyas. El significado interior de la religión se le va revelando plena mente cada vez más”.

Juan, el pescador tempestuoso de los días de la juventud, se transforma en el apóstol del amor. Cristo realizó una obra maravillosa en aquel corazón de muchacho salvaje y violento como las furias del mar.

Francisco Estrello

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LÁGRIMAS SANADORAS

Debo admitir que soy de las pocas personas que confiesan practicar libremente el sano arte de llorar… Sí, porque llorar nos purifica y nos sana.

He llorado casi tanto como he reído y mis lagrimas pueden brotar a raudales con solo mirar los ojos de mi fiel canino, también viendo una de esas películas legendarias o simplemente recordando alguna situación conmovedora.

Siempre que una persona llora suele acercársele alguien que, sobándole un brazo o acariciando su hombro le dice con aflicción: No llores ya que socialmente no está bien visto llorar frente a otros porque es atribuido a debilidad, falta de dominio de si mismo y a excesiva emocionalidad. Olvidamos que todos llegamos a este mundo llorando y el llanto es una liberación para el alma y también para el cuerpo. Tal como aseamos nuestra casa para eliminar los desechos y olores, el cuerpo, la psiquis, el alma necesitan un fuerte aseo emocional y es bueno liberar esa tristeza, ese dolor, esa impotencia, los miedos, las fobias, la nostalgia…

Otra actitud muy común cuando alguien se desborda emocionalmente a través de las lágrimas es retirarse. A muchos el enfrentamiento con las emociones les duele y prefieren no vivirlo.

Desde el punto de vista físico el llanto es el desborde de los lagrimales que proporciona hidratación a los ojos y liberar hormonas de bienestar lo que permite disminuir los altos niveles de angustia y actúa como un calmante natural de la intensidad emocional. Después de llorar se entra en un estado de  relajación al igual que después de la tormenta llega la calma.

No llorar es acumular todos los desechos emocionales en alguna parte del cuerpo y transformarlos en enfermedad o sacarlos afuera transformados en rabia o depresión, lo que genera más desechos tóxicos aún.

 Llorar es la expresión del cuerpo a tanta opresión, represión, confusión y estrés. Quien es capaz de llorar se libera y abre las compuertas de su alma para que ésta pueda fluir libremente. No llorar coloca un muro entre nosotros y las emociones, nos escinde del corazón y nos deja con una sensación de angustia y soledad.

Muchas personas me comentan que no pueden llorar, que les cuesta soltarse y puedo comprenderlo porque en algún tiempo estuve así, totalmente bloqueada y era porque mi cabeza gobernaba mi vida y había apagado el botón de conexión con las emociones y me mantuve así apagada un par de años hasta que un día se encendió nuevamente y me puse al día por todo lo que no había llorado.

Aunque el llorar se asocia a la tristeza, muchas veces lloramos de felicidad…

 Todos hemos vivido o presenciado escenas de la vida donde es imposible no llorar emocionados, porque el detonante de las lágrimas es la emoción y éstas pueden ser extremadamente alegres o extremadamente tristes.

Sí, he llorado mucho y no solo de tristeza, también de alegría, de nervios, de rabia, de miedo, de impotencia, de nostalgia, de alivio, de fragilidad, de solidaridad, de amor… Y contrariamente a lo que muchos creen, las lágrimas no me han debilitado sino muy por el contrario, me han hecho más fuerte y me han ayudado a conocer y abrazar mi mundo interior.

No me molesta que algunos digan que soy una llorona, creo que es una característica más y no me hace mejor ni peor que nadie… es simplemente una parte de mi que me permite fluir desde el alma y me conecta con lo que realmente soy.

Llorar es siempre una sanación para el alma, sea lo que sea que estemos liberando permite que cerremos un ciclo porque siempre hay un antes y un después de esas lágrimas.

Yo los invito hoy a llorar por todo lo que no hemos llorado porque nos hemos estado reprimiendo… porque la verdad es que a veces cuesta encontrar ese momento a solas para poder soltarnos y expresar eso que llevamos dentro…

 Llorar es tan sano como reír o como comunicar y expresarse… quitémosle la sobrecarga de energía negativa que le hemos puesto al sano arte de llorar y hagámonos el regalo de permitirnos liberar todo ese llanto reprimido…. No habrá arrepentimiento porque las lágrimas siempre son sanadoras…

Eisset Leduc

 Sanando el alma.

Libro Akáshico: Intimidación a los Seres de Luz

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Muchas de las razas oscuras que se oponen a la evolución espiritual tanto del planeta como de los seres que estamos encarnados, han creado diversas formas para evitar que sigamos avanzando; a estas razas negativas no les conviene que despertemos porque dejaríamos de ser su alimento y sustento. En la primera parte de este librito expliqué cómo es que tanto los animalitos como nosotros, somos literalmente su alimento. Ellos tratan de desviar nuestra atención y evolución espiritual a través de contenidos basura en la televisión, la radio, nos distraen con las drogas, el alcohol, pornografía, futbol, ideologías religiosas, etc.

Hay miles de personas encarnadas actualmente en muchas partes del planeta que son Guerreros de Luz con miles de vidas pasadas y con un conocimiento infinito, es muy difícil que estos Guerreros comentan el error de caer en las drogas, alcoholismo o cualquiera de estas trampas, pueden caer por algún tiempo, pero al final la mayoría salen victoriosos.

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LA FRATERNIDAD DE SHAMBHALA.- EL ABISMO DEL CONOCIMIENTO

En todos los textos sagrados, descubrimos que la palabra “abismo” presenta diversos significados. Por lo general, la palabra “abismo” o “abismos” fija la atención en los diferentes estratos de nuestro planeta, pero también puede tratarse de uno en particular. El alumno que posee algunos conocimientos de la Enseñanza Universal sabe que los estratos de nuestro planeta son campos de fuerza y de vida dentro del cuerpo planetario, en los cuales se expresan ciertas fuerzas y formas de vida. Poco se dice de la verdadera naturaleza de estas fuerzas y de estas formas de vida; todo esto permanece oculto para el profano.

 Si usted quiere formarse una imagen aproximada de este misterio, debe comparar al microcosmos con el macrocosmos. El microcosmos es un maravilloso conjunto de posibilidades y de aspectos que, en el estado de pecado en el que hemos caído, están totalmente encadenados y han decrecido mucho, mientras que otros aspectos y otras fuerzas menos deseables desempeñan ahora un papel principal, ya que han tomado la dirección de todo el sistema y le hacen padecer su hegemonía.

Lo mismo ocurre con el macrocosmos. Ciertas capas de la tierra no pueden manifestarse de ninguna forma en este orden natural, a pesar de que su manifestación sería muy deseable y otros “abismos” que están abiertos deberían estar cerrados.

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